
Hace unos días, como es costumbre en estas fechas, me dispuse a pintar mi apartamento. Tenía todo listo y en estricto orden para comenzar la faena: Las cervezas, la música, las papitas, material para preparar sandwiches, brochas, rodillos, tirro, plástico para cubrir los muebles, y por supuesto, la pintura.
Estaba solo en casa, las mujeres (mi mujer y mi hija) se habían ido a comprar los adornos para el arbolito. Mejor así, porque, qué saben las mujeres de pintura. Que si por aquí quedó manchado, que si falta por allá, que si le vas a pasar otra manito, que si esa línea esta torcida ¡Noooo, vaaaaaleee...! Qué saben ellas. Pintar es una cuestión de estilo. Sí Botero le hiciese caso a las mujeres, su obra giraría en torno a famélicas y magras imágenes.
Bueno, a lo que iba. La cuestión es, que me encontraba solo en casa y dispuesto a comenzar la ardua tarea de emperifollarla un poco con unos toques de pintura, cuando sonó el timbre de la puerta. Me dirigí hacia ella, la abrí y me encontré frente a frente con mi regordeta vecina del piso de abajo.
-Vecino, le traje un ayudante – me soltó con voz chillona – lo va a acompañar por el día de hoy. Ya hablé con su esposa cuando iba saliendo y me dijo que no habría problema. Luisito, pórtate bien y hazle caso al señor, un beso, adioooosiiiitoooooo...
Luisito era el sobrino de la vecina, lo habían dejado a su cuidado, pero al verse en la imperiosa necesidad de salir al bingo, no encontró mejor opción que adicionarlo a mi ya abultada lista de tareas.
Yo no conocía al tal Luisito, sólo tenía referencias. Al parecer, mi esposa sí lo conocía, y muy bien. De allí que no pusiera objeción al imprevisto encargo; y a decir verdad, qué problema habría si la indulgencia sería ganada con escapulario ajeno.
Luisito entró al apartamento sin quitarme la vista de encima. Lucía una réplica del uniforme de fútbol del Real Madrid, llevaba un moño en el centro de su cabeza, que según él, era el peinado de un “Samurai chino”, y un morral lleno de cosas que para el momento, me parecieron armas de destrucción masiva: Creyones y pintadedos.
Pasados unos minutos y como para romper el hielo, se me ocurrió decirle que no me gustaban los “Niños Tontos”, a lo que respondió sin vacilar, que él no era así. Para seguir el juego, le pregunté por qué estaba tan seguro, y con voz muy dulce, me dijo que él podía reconocer a las personas buenas, entonces no podría ser un niño tonto.
Ante tal aseveración, continué preguntando -¿Y acaso crees que soy bueno?- Esbozando una pequeña sonrisa, me contestó: -¡Claro! Si no, no me estarías cuidando.
Mi corazón se redujo unos pocos centímetros de diámetro, pero no daría mi brazo a torcer y demostraría que esta pequeña criatura de cinco años, con rostro angelical y suave hablar, en cualquier momento se convertiría en un voraz monstruo que en cuestión de minutos, acabaría con mi paciencia, consumiría mi tiempo y dejaría hecho trizas el apartamento.
Asumí una actitud un tanto autoritaria y ordené al niño que se sentara y se mantuviera callado mientras yo me dedicaba a mis quehaceres. Llevaba un cuarto de pared pintada cuando la delicada vocecita me sacó de concentración con una pregunta: -¿Tú me quieres?
Comencé a bajar lentamente de la escalera, con la esperanza de que una vez en el piso, tuviera alguna respuesta coherente. Al voltear y quedar frente a su cara de cachorrito juguetón, me sorprendí a mi mismo, espetándole un ¡NO!
El niño se me acercó y aferrándose a mi pierna, me dijo que él sí me quería. Hice varios intentos para safarme, pero no lo logré. Fue entonces cuando me lanzó un reto: -Si dices que me quieres, te suelto.
Tuve que ceder, mi corazón perdió unos centímetros más. Asentí con la cabeza, retomé la apariencia autoritaria y le pedí que me dejara trabajar. Luisito regresó a su puesto, no sin antes proponerme un trato. Se estaría quieto y en silencio, pero a cambio, yo tenía que quererlo un poco más.
Volví a mi actividad y Luisito sacó unos creyones para ponerse a dibujar en una hoja de papel, mientras me contaba cosas acerca de él y su mamá.
Decía que no tenía papá, pero que su mamita, a veces le alquilaba uno. El último fue el señor Armando, un señor muy viejito, pero divertido. Los tres estuvieron juntos casi todo un día. Fueron al cine, comieron helados y cotufas, visitaron un museo y le dieron de comer a las palomas y a las ardillas en el parque.
El señor Armando, su mamita y él, la pasaron de maravilla, pero cuando se despidieron, vio que al viejito se le aguaron los ojos. Le preguntó si le pasaba algo, entonces el señor Armando le respondió que había pasado uno de los mejores días de su vida, lo besó en la frente y le dio las gracias a ambos.
En otra oportunidad, le alquilaron a un señor que estaba enfermo, pero él ayudó a sanarlo – me aseguró. Se trataba del señor Roberto, quien se encontraba en cama, a causa de un fuerte dolor en las piernas. Luisito me contó que su mamá, la mejor médico del mundo, lo llevó a su casa para que la ayudara a atenderlo. Mientras lo revisaba, Luisito se encargaba de pasarle todos los instrumentos, en eso, consiguió una curitas que estaban al fondo del maletín de su mamá. Las sacó y le pidió que se las pusiera, una en cada pierna. Le recordó que cuando el se caía y se aporreaba las piernas, ella le ponía unas curitas.
El señor Roberto, poco a poco se fue reincorporando en su cama, animado tal vez por la amena cháchara del niño. Luisito me relató, que antes de irse, el señor Roberto se levantó de su lecho y se dirigió a la cocina a buscar unas galletas para compartirlas con ellos.
Luego empezó a hablarme de su colegio y de como algunos niños lo golpeaban y empujaban. Pero el no se defendía, porque la violencia no era la mejor manera de comunicarse; además, esos niños reaccionaban así, porque no lo conocían. Ya, en este punto de su monólogo y después de aquella expresión que parecía extraída de un manifiesto de Gandhi, la fulana pintura pasó a un segundo plano.
Sus ojos se iluminaron al advertir, que había capturado toda mi atención. Le pregunté que si tenía hambre y me respondió que mucha. Recordé que una de las pocas referencias que tenía de aquel niño, era su régimen alimenticio netamente vegetariano, el cual rompía una vez cada quince días, cuando mi sobrino se lo llevaba a comer hamburguesas (a escondidas de su mamita).
Bajo esta premisa y en vista de que no había testigos, lo convidé a cometer una fechoría: Comernos un sándwich al estilo Scooby Doo, con salchichón, queso, pastrami y todo lo que estuviese a mano -menos jamón- me advirtió- no me gusta el jamón.
La idea le pareció maravillosa y por demás traviesa, sobre todo porque compartiríamos algo y eso a el le gustaba mucho, compartir. Su mirada se mostraba complacida, cuando mencionaba esa palabra.
Culminada la merienda, proseguí con mi faena. Bueno, al menos eso intentaba. Un cojín del mueble estaba manchado con grasa y Luisito tenía la marca de la culpa en su frente, al darse cuenta se preocupó mucho.
Intentó limpiarla como pudo, la culpa se transformó en desesperación y yo tuve que tranquilizarlo diciéndole que no había problema, que no era nada, lo lavaríamos y ya. Pero el seguía preocupado, lo peor es que no era por el, si no por mí. Luisito temía haberme metido en un problema. Su preocupación era por mí (otros centímetros más que restar).
Superado el trance, me enseñó sus dibujos. En ellos predominaban las parejas, un adulto y un niño. Le pregunté quiénes eran y me respondió que nosotros dos. Que nos veíamos muy bien juntos y que en ese dibujo parecía que nos queríamos mucho.
Otra vez con eso de que si nos queremos – pensé – pero si apenas nos estamos conociendo. Alcé la mirada y al percatarme de la ausencia de Luisito, me volteé hacia la pared y vi como posaba en ella sus manitas llenas de pintura. Lo abordé y antes de que dijera más nada, me regaló sus huellas.
-Así como en la pared, voy a dejar mis huellas en tu corazón- Yo hice lo propio y le dije: -Pues, aquí te dejo las mías...
Después del intercambio, vinieron las comiquitas. Luis, hizo que me sentara y las viéramos juntos, afortunadamente le gustaba “Tom y Jerry”.
Cuando vinieron por el, se puso a llorar y pidió que por favor, lo dejaran estar un rato más con su “amigo”.
¿Amigo? Resulta que éramos amigos. Entendí entonces al señor Armando y al señor Roberto. ¡Claro! Ángeles como éste, hacen que uno recupere la inocencia, la alegría y la risa fácil de antaño. La pureza de las cosas simples y el significado de la palabra “Amistad”.
La visita de Luisito dejó dibujos regados por el piso, manchas de salsa en el mueble, una pared a medio pintar y unas huellas indelebles en mi corazón.
Ahora trato de descifrar qué fue lo que pasó: Un Ángel disfrazado de niño o un niño grande que recibió la visita de un Ángel, y que por tonto, no lo reconoció hasta que se fue...