lunes, enero 21, 2008

Y nunca crecieron...

Botanita le dice a Jamelgo, “dime que me quieres”, y él le pregunta, “¿por qué?”. “Porque me duele la barriga”, “¿Y eso qué tiene que ver?”, “que así se me quita”, “¿quién lo dice?”, “yo lo digo”.

Jamelgo miraba a Botanita con desconfianza porque no sabía qué se proponía, ella estaba un poco loquita y no se quería arriesgar; si le hacía caso, a lo mejor se metía en problemas.

“La última vez que te hice caso, me golpeé durísimo allá abajo”, “¿abajo en dónde?”, “¡allí!”, “eso tiene nombre”, “tú lo sabes”, “tú también”…

A Jamelgo le daba miedo jugar con Botanita porque siempre pasaba algo. Sin embargo, al final terminaba cediendo. Jamelgo era tímido y un poco tonto; demasiado infantil, diría Botanita. “¡Pánfilo!”, “¡mala!”, “¿qué clase de ofensa es esa?”, “es que siempre me haces maldades”, “¿sabes qué significa pánfilo?”, “no”, “¡PÁNFILO!”.

Botanita era muy precoz, “demasiado para su edad”, decían las tías.

“Pon tu dedo aquí”, “¿dónde?”, “¡aquí, tonto!”, “no quiero”, “¿por qué?”, “porque es malo y dios nos va a castigar”, “él no nos está viendo”, “¿cómo sabes?”, “porque él no tiene visión de rayos equis”, “bueno, pero mejor nos metemos debajo de la cama; por si acaso”. “Anda pon el dedo, toca…”, “está húmedo”, “¿te gusta?”, “no”, “¡PÁNFILO!”.

Por lo general, Jamelgo, después de ceder ante cada nueva propuesta de Botanita y, darse cuenta de qué se trataba, salía corriendo...

“La última vez que me hiciste tocar tus globitos, me salió un chichón en la cabeza”, “¡quién te manda a salir corriendo y no fijarte por dónde vas!”, “es que pensé que de verdad habían explotado”, “sólo grité para asustarte; zopenco”, “tú y tus palabrotas”.

Botanita leía mucho. Jamelgo también pero, nunca entendía nada. Botanita preguntaba y aprendía, a su manera. Jamelgo no preguntaba, temía que le fuesen a reprender, así que acudía a su perspicaz amiga.

“¿Por qué este hombre y esta mujer se acuestan desnudos?”, “para tener un bebé”, “los bebés vienen de los hospitales”, “¡si eres gafo!”, “no me gustan estas revistas, prefiero los suplementos”, “así nunca vas a aprender”, “sí, debe ser que tú sabes mucho”, “¡al menos sé cómo se hacen los bebés!”, “¡cómo!”, “¡frotando las barrigas, una contra la otra!”.

Jamelgo, en algún momento pensó en deshacerse de Botanita; no buscarla más. Él pensaba que las cosas no podían terminar bien si seguía con esa amistad, pero, qué saben los niños de conveniencias. Además, disfrutaba mucho jugando con ella, ¡claro!, hasta que inventaba algo.

“Dame un besito, acá”, “súbete la bombacha”, “si te bajas el interior”, “¿para qué?”, “para darte yo el besito”, “¡no!, déjame”, “no corras; cuidado con la… patineta…”, “¡OUCH!”.

¡Y vaya que Botanita inventaba!:

“Déjame darte un chupadita”, “la otra vez me mordiste”, “me refería a tu helado, cabeza hueca”, “ya deja de rascarte”, “me pica mucho, creo que es porque ya es el momento de ser mamá”, “a mí no me veas”, “dame acá ese helado”, “no te lo vayas a pasar por… ¡NOOOOOOO!”.

A pesar de lo aventajada que resultaba ser Botanita en algunas ocasiones, ella no quería crecer. En su diario llegó a escribir: “…no quiero crecer, crecer duele. Y yo aún creciendo, aquel dolor en los pechos, como duelen las teticas cuando crecen, y duele la primera menstruación y duele el primer amor, y duelen las caderas y duele ser virgen y duele todo…”

Jamelgo llegó a leerlo. No entendía nada. Botanita se disgustó con él por haber tomado su diario. Jamelgo pidió disculpas y ella le puso una penitencia.

“Qué manía la tuya con eso de los besos. No voy a pasar mi lengua por ningún lado”, “entonces le digo a tú papá que no sólo leíste mi diario sino que además, juegas con mis muñecas”, “pero si me pillan haciendo lo que me pides, igual me van a castigar”, “tú verás que haces, pero de que me las pagas, me las pagas…”

Y pagó. Con un morado en la pierna. Salió corriendo, llevándose una silla por el medio. Botanita se destornillaba de la risa y le gritaba: “¡era mentira, sí llevo ropa interior, papanatas!”.

Jamelgo nunca crecería. Botanita tampoco. Aún eran amigos y, de vez en cuando se hablaban.

“Dime que me quieres”, “¿por qué?”, “porque me duele la barriga”, “eso nunca funcionó”, “que así se me quita”, “¿quién lo dice?”, “yo lo digo”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dime que me quieres!
Ah no
ok
ya vas a ver.
(puchero) Eres un marruñeco panfilo.
Ahora no te voy a devolver La capa y el casco del Capitán Centella.
Lero-lero..cara de Tetero.
loly pop

Zz dijo...

555555555555555555555555555

Está muy bien...