viernes, diciembre 15, 2006

El suplicio de Flojazo



Flojazo no quería ir a trabajar. Su suplicio comenzó a la hora de levantarse. Apagó los tres despertadores, cada uno con quince minutos de diferencia, se estrujó la cara tantas veces que le costó un poco ordenar nuevamente ojos, nariz y boca. Dio vueltas en la cama, prendió la TV, imploró a los Dioses para que mediante un imprevisto, se cambiaran los días y tocase en ese mismo instante, ser domingo.

Se quedó dormido frente a la poceta, lo sostenía el chorro de orina y casi se cae cuando culminó la micción. Comenzó sus acostumbrados estiramientos frente al espejo, traquetearon sus coyunturas y un largo bostezo se vio interrumpido por un sonoro silbido en tono grave, venido de la zona posterior de su cuerpo.

Cumplió su rutina de aseo personal con la mayor parsimonia, tomó el desayuno como si fuese su última cena. Dio todas las vueltas posibles tratando de retrasar su salida a lo máximo permitido por los cánones del buen empleado. Al final, lo ineluctable; salió a trabajar.

Flojazo pensó que el metro podía tener problemas, que el tráfico estaría más insoportable que otros días y que en resumidas cuentas, todos los sistemas de transportación estarían colapsados, así que decidió caminar. Con un lento y meditabundo andar, su cuerpo comenzó a tomar formas extrañas.

Sus ropas se transformaron en una túnica amarilla, su cabello desapareció, sus ojos se rasgaron y recordó que su verdadero nombre no era Flojazo sino Kualchan Ken.

El monje Kualchan caminaba hacia su monasterio, allá, al pie de la montaña Shaoshi. En su camino, aprovechaba para observar a las demás personas y reflexionar acerca de la vida, la muerte, la reproducción y el infinito.

Kualchan pensaba: “Quisiera vivir reproduciéndome infinitamente hasta morir...”

Sus sandalias pisaron los restos de una empanada de carne mechada y seguidamente desaparecieron la túnica, la calva y los ojos chinos. Flojazo se detuvo a esperar que la luz del semáforo cambiara.

Luz verde para el peatón. Sin embargo, los automovilistas hacían caso omiso a ello. Flojazo no podía cruzar la calle, los carros no se detenían. Un escalofrío comenzó a recorrer su cuerpo, empezó a sudar. Los efectos de la radiación a la que se vio sometido en su último viaje al espacio, cuando explotó accidentalmente uno de los reactores de la nave, dieron inicio a la inevitable transformación.

Dos metros de masa muscular petrificada se atravesaron en la vía. Varios autos colisionaron y los chóferes salían corriendo despavoridos. El guapo Ben utilizó sus poderosos puños de piedra para destrozar unos cuantos carros más. Así, aquel grupo de conductores irresponsables, egoístas e infractores, recibió su merecido. La Mole, prosiguió su camino haciendo temblar el piso con cada paso, hasta que alguien lo distrajo con un saludo a viva voz: -¡Epale Flojazo! ¿Cómo anda todo? ¿Vas pa’l trabajo? Ahora nos echamos una.

Flojazo se paró frente a una tienda, estaba observando unas prendas de vestir sin percatarse de que tres maniquíes comenzaron a tomar forma humana. En pocos instantes, tres hermosas mujeres abrían las puertas de la tienda y lo conminaban a pasar:

-Puedes tomar de acá, lo que desees. Incluso a nosotras...
-¡Eh! Me gustaría, pero no tengo dinero.
-No importa, nosotras estamos aquí para complacerte.
-Bueno, en ese caso. Quiero lo que todo hombre desea.
-Entonces comencemos.
-¡Hey! Señoritas, damas, chicas, ladies. ¿Qué hacen? Un momento por favor. Dejen la cremallera como está. ¿Qué? ¿Sexo oral? No. Bueno, esta bien, pero solo un poco ¡Jejé! Estoy apurado...

Al salir de la tienda, Flojazo estaba un poco contrariado. No entendía porqué una prenda con tan poca tela, podía costar lo mismo que uno de sus trajes. No comprendía tampoco el mal carácter de la robusta y bigotuda dependienta. Siendo muy temprano para soportar retrecherías y malas caras, Flojazo prosiguió su marcha.

La sed y el cansancio, obligaron a Abdul a entrar al caravasar. El Caballero Árabe fue recibido por el Sultán Azim, quien le ofreció un poco de té y unos dátiles.

El Caballero Árabe, se sentó a conversar con el Sultán. La conversación se vio interrumpida por las risas de un grupo de esclavas que se encontraban muy cerca de ellos. Azim le indicó a Abdul, que las llevaría a Fez para formar un nuevo harem.

Abdul, en su lujuriosa mente, recreó pasajes e historias de las mil y una noches en calzoncillos, corriendo detrás de aquellas lindas esclavas.

Uno de los sirvientes del Sultán, hizo que se desvaneciera aquél acto onírico, cuando demandó la atención del Caballero Árabe:

-¡Caballero! ¿Tendrá quinientos en sencillo, para devolverle dos mil?

El Caballero Árabe dejó caer unas monedas en la mesa y abandonó el caravasar, no sin antes despedirse de su amigo, el Sultán Azim.

-¡Coño! Ahora sí, que voy tarde. Pero es que no quiero ni llegar. ¡Qué vaina tan arrecha ser pobre! ¡Verga! Señor ¿por qué no me gano un kino?

Flojazo seguía con sus lamentaciones, mientras se acercaba cada vez más a su destino. Ya en la entrada del edificio donde estaba ubicada su oficina, Flojazo pensaba en el dolor de próstata que le causaba, el tener que hacer cola para abordar el único, de cuatro ascensores que funcionaba.

Miró hacia un lado, luego hacia el otro y en un descuido, de su muñeca salió disparada una red que lo hizo subir de un sopetón al piso dieciocho. Entró por la ventana, se quitó la mascara roja y negra y se guardo la araña negra que llevaba pegada en el pecho.

Algunos lo saludaban y le preguntaban cómo había pasado la noche. Otros se lo decían directamente: “Muchacho, tú como que no pegaste un ojo en toda la noche. Mírate esa cara ¿Cómo que te pasó un tren por encima? Tómate un café...”

Flojazo sólo sonreía, los demás no dejaban de tener la razón, pero no podía decir nada. El cómo había pasado la noche, era un asunto entre Lara Croft y él. El resto del mundo, podía permanecer tranquilo: -La amenaza de los mutantes esquizofrénicos, había sido anulada, mientras ustedes dormían en paz- pensaba Flojazo, en tanto se servía un café.

5 comentarios:

Isa dijo...

un extraño viaje al mundo de la imaginación :) pero olvidaste a pegaso...

Eduardo dijo...

Flojazo es igual a Lemur; asi como esta historia una realidad...

¿No?... ¡Que haríamos sin la imaginación!, yo no sé, yo no podría... y menos tú.

a2gm dijo...

me enrrrrrredeeeeeee! jajajajajaa pero esa imaginacion tuya no cambia vale no se de donde saks tantas vainas!...

Lemur dijo...

Isa:

Pegaso tiene sus funciones específicas, ya tu conoces algunas...

Saludos cariñosos

Bróder Eduardo:

Me da mucha pena admitirlo, pero sí, Flojazo y Lémur se parecen mucho.
Sin imaginación? No, que va! No podría ser, la verdad, no podría ser.

Saludos

a2gm:

Cómo que te enredaste? Pero si está fácil... Jejejejejeje

Saludos cariñosos y a ver si publicas más seguido, Flojaza...

neylord dijo...

Rayos! no se que tiene este escrito, pero me agrado muchisisimo! lo lei, me rei con el, imagine cosas absurdas y extrañas y volvi en si, luego empece a pasarle el link a todos los noctambulos de mi messenger y pues... gracias por este escrito.

Saludos